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Este es el 1º capítulo de un libro que está muy bien, disfrutadlo!!!
1º capítulo de el libro "MIENTRAS MIRABA LAS NUBES"
PROTAGINISTA:


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Está claro. Más que claro, clarísimo. No es una madre normal. Después de todo, también, si lo pensamos mejor, se parece un poco a la madre de Gabriela. Sólo un poquito. Porque, según Gabriela, su madre tampoco le deja invitar amigas a su casa a dormir el fin de semana o en vacaciones. Pero realmente a mí eso no me importa demasiado. Lo que no me parece normal es que mi madre invite a sus amigas a dormir y además armen semejante jaleo. Resulta que un viernes por mes, mi madre y sus amigas del bingo quedan en una casa a dormir. Y los viernes que les toca en nuestra casa son el peor día de ese mes para mí. Sobre todo porque son muy desagradables. Todo suele ocurrir de la siguiente manera: llegan todas al mismo tiempo armando barullo y abrazando a mi madre como si no la hubieran visto en años. Una tal Rita que no se pierde ni una sola fiesta en mi casa (probablemente para fastidiarme) me suele saludar con un cachete en el trasero, y las demás pasan de mí. Suben aparatosamente la escalera y entran en la sala de juegos. En ésta, una hora antes de que las marujas (como llamo yo a las amigas de mi madre) llegaran habíamos depositado dos sofás camas y la cama de matrimonio de mi madre. Mi madre abría la puerta de la sala de juegos, bajaba la escalera, se plantaba frente a mí y preguntaba lo de siempre:
-¿Te portarás bien?
-Sí.
-¿Me lo prometes?
-Prometido.
-Vale. Ya sabes: nunca, pero bajo ningún concepto, entres en la sala mientras nosotras la ocupemos. ¿Queda claro? Si pasa algo grave tienes a David que llegará pronto.
-Vale, mamá. Me queda clarísimo.
Y mi madre me dio un beso en la frente, subió las escaleras y desapareció tras la puerta de la sala de juegos. Yo me quedé allí, en el vestíbulo, pasmada y con la mirada fija en la puerta que mi madre acababa de cerrar tras ella. Sólo me hizo reaccionar David, mi hermano mayor por 7 años y medio. Llegaba como siempre a casa a las 11 y media de la  noche, con sus greñas rubias y su flequillo extra largo. Sus ojos verdes, sus cascos de música con los que escuchaba heavy metal sobre sus hombros y los pantalones casi por las rodillas. Me saludaba como siempre con un “¡Hola Pringui!” Se descalzaba, subía la escalera, entraba en su dormitorio y se encerraba ¡Ah! No antes de sacarme la lengua un par de veces. ¿Y que hacía yo? Os preguntaréis. Pues nada, daba vueltas y más vueltas por mi caserón en busca de algo que hacer. Me aburría, eso sí. A veces ponía mi oreja frente la puerta de la sala de juegos. Oía peleas de almohadas, música altísima y eso. Otras veces ponía la oreja en la habitación de mi hermano mayor. Oía a mi hermano hablando por su nuevo móvil con sus colegas. También tenía música alta, pero heavy metal no música clásica como mi madre.
Algún que otro viernes aparecía por mi casa un hombre muy raro. Estaba muy cachas y sólo llevaba un pantalón largo y una chupa negra de cuero. Tenía un bigote pelirrojo y estaba medio calvo. Hoy mismo estaba llamando a la puerta. Yo sabía que era él porque lo acababa de ver por la mirilla de la puerta. Me estoy pensando si abrir o no. Después de reflexionar unos segundos, decidí abrir por el bien de mi pellejo.
-¡Hola ratoncita mía! Voy con tu madre y las demás. ¡Au revoir!
A mí no me dio tiempo a responderle. Simplemente me lo quedé mirando desde mi baja estatura. Y así pasó esta noche, me dormí tarde ya que no tenía mucho sueño y a la mañana siguiente…
-¡¡¡Margarita!!! ¡¡¡Arriba ahora mismo!!!-se oía tras la puerta.
Yo me revolví por la cama. Tenía ganas de seguir durmiendo pero también curiosidad por ver si el hombre de la noche anterior seguía allí. Al final (aunque me costó mucho) me levanté. Me puse mis zapatillas a cuadros y aún con el pijama salí de mi dormitorio pintado de amarillo. En la puerta de mi habitación estaba mi madre. Sus rizos rubios le sobresalían de su gorro de dormir en todas direcciones y sus ojos color miel chispeaban como queriéndome decir algo. Parecía enfadada por la mueca que ponía.
-¿Cuándo piensas ir a cuidar al perro, Margarita?-dijo, como saludo matutino.
Yo me di un golpecito en la cabeza.